Hay encuentros inesperados que parecen recorridos azarosos por álbumes amarillentos, paisajes de polvo y recuerdo que nos llevan en un vuelo extraño y momentáneo a las luces de otros años, imágenes cosidas a nuestras almas como pasos diseminados, sueltos, sacados de unas huellas borrosas pero perpetuas en su fuerza vital. Hay personas atadas a fechas remotas, concretas e inamovibles, cuya presencia nos enturbia los ojos con repentinas nieblas perdidas allá en el pasado, ramos de imágenes que se nos vuelven ideales de tanto tamizarlas mirando atrás. Esas personas tienen el poder inefable de las fotos, porque actúan con la misma fuerza mágica, accionan los mismos resortes físicos, o psicológicos, o carnales, que el pequeño rectángulo de tiempo donde un instante bien conocido, se detiene abruptamente para quedarse fijo y claro, en un sutil amago de eternidad.
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