Hoy me he levantado un poco más cansado, un poco más decaído y estresado.
Y es que anoche me volví a acostar muy tarde, pensando y debatiendo sobre cada uno de los peligros que me acechan en el exterior.
Y cada mañana en el trabajo localizaba un síntoma más en mi cuerpo. Al cansancio inicial, no sé si os lo comenté, le siguió un progresivo dolor de cuello, principios de insomnio, dolores de espalda, una carrasposa tos, un acedo dolor de garganta, una medrosa palidez producida por persistentes mareos. Un continuo y numeroso listado de efectos secundarios que están haciendo de mí, un completo prospecto humano.



Mi amiga se alarmó muchísimo, el aparato empezó a emitir extraños ruidos. Nunca antes los había oído, miró los cables, los tocó y movió, pulsó con nerviosismo casi todas las teclas, el chirriante y casi grotesco sonido no variaba. Deslizó su mano por encima de la caja y notó un calentamiento inusual, con decisión tomó la medida más expeditiva y segura: desenchufar.
Cansado de la caja tonta y sus ficticios colores, de la pasarela de Milán y sus cánones, de la multidestructora textil “Idiotec” y sus espectaculares “saras”, fábricas de humanoides clonadamente vestidos, cansado del “English Cut” y su peculiar manera de imponernos cuándo comienza o finaliza una estación del año con sus enormes y costosos carteles publicitarios donde posa, sin conocimiento de recesiones económicas, una modelo fuera de sincronía con los cambios climáticos que estamos políticamente soportando los habitantes de este planeta llamado Tierra… tierra que pondría yo en barbecho unos años, alejada de malas hierbas y de plagas de infectos insectos con chaqueta.
Llevo más de una semana que casi ni duermo, ni como ni tengo sosiego. Desde que leí “…Sorprende que una señora estupenda tenga ese fondo. Porque las señoras estupendas tienen la cabeza llena de pajaritos, son vacuas, frívolas y supuestas…” en un artículo publicado en el “Diario de Cádiz” a cada rato me asomo al espejo: ¿estoy estupenda… o soy inteligente? Por que parece que es casi imposible, excepto raros casos que pueden ser dignos de estudio, que las dos cosas no se dan en la misma persona si ésta es mujer.
Del amor, fuerza universal indiscutible, origen del carácter divino de la vida, señal abrumadora de una naturaleza a la vez cercana y misteriosa, se habla en singular y en plural. Se canta al amor, como uno y único en su dimensión integradora, el que nos define como humanos, como hombres y como parte de un cosmos tan nuestro como inmensurable; y también se canta a los amores, como muchos, resultado de una multiplicidad del sentimiento, donde hay cabida para muchas ramas de un mismo árbol sagrado, cuyas raíces nos modelan como seres simples y a la par complejos, lo cual, tal vez, no es más que una prolongación del esquema que custodia la Naturaleza desde siempre. 




