Desde hace semanas es noticia dos hechos políticos de carácter municipal que por su escasa incidencia y su menor concurrencia nos tienen muy entretenidos. Por un lado, la bajada de impuestos, algo extraordinario que no sucedía –según dicen– en los últimos 20 años. El otro asunto llamativo es la congelación de sueldos de los miembros de la Corporación Local.
La bajada de impuestos es de tal relevancia e importancia que requiere de la necesaria publicidad en los medios de comunicación y es raro el día que no se escuche en la radio, la suerte que tenemos los portuenses porque vamos a pagar menos. Esta repetitiva propaganda, por ejemplo, no tuvo lugar el año pasado cuando nos subieron los impuestos, pero seguramente fue por olvido o descuido.

¿Cuál es la capacidad de aguante o paciencia de los españoles, en general, y de los portuenses, en particular? Tiene que ser enorme porque es difícil comprender la situación actual. Hemos aguantado, entre otras cosas, desde que la crisis económica no existía a vivir en recesión, o desde que bajar los impuestos era una política social a subirlos por el mismo motivo, o hemos pasado de que la culpa la tenían los avariciosos y codiciosos banqueros a pagar la factura los ciudadanos de a pie. Al igual, hemos pasado de un programa electoral local que recogía una filosofía de “impuestos más bajos, mayor recaudación” y una medida , la congelación de los impuestos y tasas (páginas 17 y 18 programa electoral del PP en El Puerto) a una subida de las tasas municipales por encima de un 4 % (cuando el IPC no llegó al 2%) en el año 2009.
No hay día que no nos embargue la duda sobre si el Gobierno sabe lo que hace o está improvisando. Cuando ya todos sabemos que se va a producir una subida de impuestos, el Ejecutivo está sopesando en qué parte de nuestro patrimonio va a meter la tijera, y así un día nos dice una cosa y otro nos asusta con más posibilidades. Entretanto, nos tiene en una zozobra permanente.
Ernst Friedrich Schumacher escribió en 1973 un libro con igual titulo, que recogía muchas de sus críticas a los sistemas económicos de Occidente, preconizaba una apuesta por la tecnología descentralizada y que la codicia sólo nos llevaba a la perdición.
Mientras el Gobierno nos amenaza con una subida de impuestos, los españoles asistimos perplejos a tan buena disposición por parte de nuestros políticos para manejar el dinero que no han ganado. Ellos crean el problema y nosotros pagamos la cuenta.
Venía de la Placilla de comprar algunas cosas, y nada más entrar en casa, mi marido asomó la cabeza por encima del periódico y me dijo que se estaba cumpliendo lo que yo había vaticinado en el artículo del 13 de junio,
La futura Ley de Economía Sostenible que el Gobierno nos va a “regalar”, se va a fundamentar en dos principios cuanto menos peculiares, la urgencia –muy mala consejera– y la imaginación –muy peligrosa compañera–. Esta Ley, la más importante de la legislatura en este ámbito según las propias palabras del Presidente, tiene que estar lista antes que acabe el año porque no nos podemos quedar sin regalo de Reyes –sin lugar a dudas, carbón– ; de ahí las prisas.
Se me ocurrió preguntarle a Horst si le parecía buena idea que fuésemos todos los días a pasear por alguna de nuestras playas; un día a Valdelagrana, otro a la Puntilla… Le dije que sería conveniente ir a hora temprana con el sol aún no muy fuerte. Salir de casa de ocho y media a nueve menos cuarto, para que a las nueve en punto estemos ya caminando por la orilla. Le pareció estupendo y quedamos para comenzar los paseos al día siguiente.
¡Hola Crisol! —saludó casi con euforia al entrar en casa.




