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Feudalismo político

26 Diciembre 2009

Los partidos políticos surgieron como mecanismo de participación de los hombres en la toma de decisiones. Se asientan en el principio fundamental de pluralismo político, recogido en el artículo 6 de nuestra Constitución: “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la Ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”. Hoy somos testigos de cómo los partidos políticos se han alejado de esta naturaleza participativa y se asemeja a empresas o corporaciones que intentan controlar esa iniciativa popular, creando un sistema de trabas que impiden el libre desarrollo de la personalidad.

La idea de democracia ha derivado (o degenerado) en otra cosa: la “partitocracia”, que sería algo así como la doctrina que defiende la intervención exclusiva de los partidos políticos en el gobierno de un pueblo. La voluntad popular sustituida por la voluntad de los partidos.

Tienen tan avanzada su idea de democracia que la elección de su líder es, normalmente, a mano alzada, después de una designación “a dedo” de la cúpula del partido. No soportan voces independientes, que se alejen de la versión oficial. Necesitan que sus afiliados actúen como un ejército, a una sola voz, porque lo que está en juego es nada menos que el Poder. El objetivo último no es el tan manido “el interés general” o “lograr el bienestar de la ciudadanía”, sino como llegar al poder y luego permanecer, si pude ser eternamente, mejor.

Tan alérgicos se han vuelto a la participación plena del ciudadano que ni siquiera toleran de buen grado la creación de nuevas agrupaciones políticas, no vaya a ser que puedan quitarles una porción de la tarta.

El único resquicio que dejan al resto de la ciudadanía es ir a votar. Eso sí, para hacerlo más accesible a nuestras elementales mentes nos colocan listas cerradas. Pero no hay que pensar mal, sólo es para hacernos la vida más fácil.

Este monopolio de la representación popular se va asemejando más bien a una tiranía disfrazada. Recuerda a otra época, al feudalismo, donde el poder estaba en manos de muy pocos, el rey, la Iglesia y los señores feudales. Todos en sus respectivas esferas abusaban de su fuero y despojaban a las personas que estaban a su cargo de cualquier atisbo de libertad. Así el señor feudal actuaba como ser supremo, controlando y dirigiendo la vida de sus siervos. Convertían a los campesinos no sólo en mano de obra cercana a la esclavitud sino en miembros de su ejército, que utilizaban a su libre albedrío, con el único fin de ampliar los dominios propios.

Ahora los partidos rechazan el individualismo. Después de un largo peregrinaje para conseguir que la libertad del individuo fuera el pilar básico de la convivencia, en la que se basa la democracia, nos vemos obligados a ver, oír y callar.

Socorro


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