
Personas como fotos
15 diciembre 2009
Hay encuentros inesperados que parecen recorridos azarosos por álbumes amarillentos, paisajes de polvo y recuerdo que nos llevan en un vuelo extraño y momentáneo a las luces de otros años, imágenes cosidas a nuestras almas como pasos diseminados, sueltos, sacados de unas huellas borrosas pero perpetuas en su fuerza vital. Hay personas atadas a fechas remotas, concretas e inamovibles, cuya presencia nos enturbia los ojos con repentinas nieblas perdidas allá en el pasado, ramos de imágenes que se nos vuelven ideales de tanto tamizarlas mirando atrás. Esas personas tienen el poder inefable de las fotos, porque actúan con la misma fuerza mágica, accionan los mismos resortes físicos, o psicológicos, o carnales, que el pequeño rectángulo de tiempo donde un instante bien conocido, se detiene abruptamente para quedarse fijo y claro, en un sutil amago de eternidad.
Eso sí, para lograr ese engañoso efecto de vuelta atrás, los encuentros han de ser muy esporádicos, espaciados entre sí por años de densa ausencia, en los que se apague su significado hasta casi olvidar nombres o aspectos. Es absolutamente necesario que ni el más leve contacto manche la ilusión fotográfica, pues de los contrario, la cotidianidad de las presencias acabaría con el delicado proceso de la memoria emotiva, que parece despertar sólo cuando se la pilla por sorpresa, cuando al alma le coge de improviso el mecanismo desatado de los recuerdos, retocados por la melancolía de esos años que se saben irremediablemente agotados, guardados en la memoria, pero gastados en el cuerpo: Igual que las fotos perderían su poder de atracción si las mirásemos a diario, así también las personas–fotos dejarían de transportarnos a aquellos días añorados (o tal vez perfilados al antojo de nuestra consciencia del tiempo), y se convertirían en sujetos corrientes, de diario, sin el toque especial de lo que sólo vemos muy de vez en cuando.
Igualmente, por la acción de ese poder inusitado, sus vidas tangentes, que poco comparten con las nuestras, que se han desenvuelto en otros espacios ajenos, sin recorridos comunes ni huellas que guardar a medias, nos parecen en cambio extrañamente familiares, como si realmente nuestras experiencias vitales se hubieran dado cita en estaciones de confluencia cierta. Y cuando algún conocido común te hace una casual referencia a alguna de estas personas-fotos, y tú exclamas: “¡Hombre, has visto a Fulanito! ¡Qué buen amigo! Hace mucho que no le veo… Dale muchos recuerdos de mi parte. ¿Qué tal está su mujer, Fulanita? Fue compañera mía en el colegio ¡Qué tiempos!”, y tu interlocutor te espeta: “¿Fulanita? Si se divorciaron hace años… Se volvió a casar hace tres años con una tal Zutanita, pero parece que tampoco les va bien…”, tú, que todavía estás mirando en tu nostálgica mente la foto de hace años, pones cara de recuerdo añejo, mientras quien te ha contado la historia piensa: “No sabía lo del divorcio. Pero, si esta ni conoce a Fulanito ni nada…”
Virginia Cobos





