
El castillo de las tres almas
7 diciembre 2009
Hoy hacía calor y sin embargo me apetecía salir un poco a la calle a pasear y a sentir un poco El Puerto. Me gusta el sol aunque me provoca ciertas molestias, así que antes de salir me fui a un armario grande que tenemos en casa en donde creía tener un viejo y casi olvidado sombrero. No fue fácil encontrarlo, después de mucho registrar acabé encontrándolo. ¡Ja! ¡Estupendo! Es un sombrero antiguo tipo pamela pequeña y suelta con una cinta azulina y una extraña flor pegada a una especie de hebilla. Le quité algo del polvo conseguido a base de años de almacenaje. Delante de un espejo intenté darle una posición coqueta sobre mi cabeza. Para acá, para allá, un poco de ladeo aquí y… bueno, en la Ascot Gold Cup las damas británicas las llevan peores. Quedé un poco quieta ante el espejo; la última vez que me puse ese sombrero mi pelo era de otro color. Me encogí de hombros en gesto de impotencia y resignación.
No tenía previsto ningún recorrido, solo pasear sin rumbo; así llegué a la Plaza del Castillo, quedé estática mirando el castillo y decidí sentarme un poco a su frente en esos sitios pétreos e incómodos que allí hay. Pronto y sin saber cómo, vinieron a mí las imágenes de aquella obrita de nuestra escritora (lamentablemente bastante olvidada) Fernán Caballero, se trata de “Un servilón y un liberalito”, recordé que un personaje de esa novela le llamaba el castillo de Chuchurumbel. Siguieron asaltándome las imágenes, los nombres me venían sorprendentemente a la memoria, Dña. Liberata, Dña. Escolástica, D. José, las tres almas de Dios. Entorné un poco los ojos y casi veía a Dña. Escolástica, poco agraciada y con exceso de peso trajinando por allí, e incluso me pareció vislumbrar a Dña. Liberata con sus arreglos de costura. También creí oír un cercano tambor y el ruido marcial de las tropas francesas que habían invadido El Puerto; era el primer cuarto del siglo XIX. Unos hombres subían desde la Plaza de la Pescadería…
De esta ensoñación me sacó un pequeño de unos seis u ocho años que se sentó a mi lado, en la piedra cruel. Me hacía carantoñas mientras trataba de ajustar su trasero en la piedra empujándolo hacia atrás dando vaivenes.
Le miraba sonriéndole y le pregunté:
—¿Dónde vives?
Doblando el torso extendió el brazo señalando su casa, manteniendo estática la cabeza con sus ojos fijos en mí. Me pareció notar alguna decepción en su mirada, quizá esperaba oírme hablar en otro idioma.
—¿Cómo te llamas? —le interrogué otra vez.
—“Olito” —me contestó— y allí está mi hermano —me indicó a un grupo de cuatro o cinco niños que jugaban al pie del muro del castillo.
Estaba un poco aturdida, esa especie de trasmigración o viaje mental al XIX, me había mareado un poco. Agité con mi mano un poco los despeinados pelos de Olito, y le sonreí. Saltó del asiento de piedra y salió corriendo hacia la que señaló como su casa.
Quedé varada en la plaza, miraba el castillo.
—¡Señora! ¡Señora! —un niño corría hacía mí— ¡Su sombrero se iba volando!
Me lo traía revolviéndolo al aire. No sé ni tan siquiera si le di las gracias, lo tomé de sus pequeñas y sucias manos. Me levanté de allí. Crucé la plaza, sentía la necesidad de rendir un pequeño homenaje a la autora de “La Gaviota” y de “Clemencia”, miré de soslayo el busto feroz de Juan de la Cosa al pasar por su lado, caminé por la estrecha acera de la calle Comedias y llegué a Fernán Caballero. Me puse como pude la pamela, y anduve serenamente por allí pensando si en la programación cultural de nuestro consistorio puede haber algún hueco –algún día– para la insigne escritora.
Crisol T.
(Este artículo de Crisol T. fue publicado en www.portuenses.com el 14 de agosto de 2008. Lo traemos hoy aquí porque nos parece obligado y bueno recordar -incluso con insistencia- a nuestros escritores, pintores, poetas y otros artistas, pues todos ellos también forman parte indisoluble de nuestro patrimonio.)





