
La carrera
23 Octubre 2009
Cada paso que daba era uno menos hacia su ansiada meta. J. avanzaba aprisa y sin aliento, a un ritmo desenfrenado, directo al centro de sus ansiedades, como guiado por un extraño eco que provenía de sus pensamientos más violentos.
La aguja pequeña se escondía tras la grande coincidiendo con el cambio de turno de las limpiadoras. A su paso, las figuras de aquellos cuadros parecían querer boicotear, con desanimados gritos, su intento de sobrepasar aquel infinito pasillo.
Al fin consiguió llegar. Abrió la puerta con el codo, ya arreglaría después el inconveniente del jersey, no estaba ahora para conjeturas sobre su ropa, pues lo primordial era llegar el primero y exterminar aquella infección lo antes posible.
Una mano para pulsar el dispensador, otra para abastecerse de varias dosis curativas de aquella pócima infalible. Aquella solución acuosa que se esparcía por las yemas de sus dedos, desinfectando e higienizando por completo sus manos, compleja mezcla de alcoholes, tensioactivos y espesantes cosméticos que le había vuelto a salvar la vida.
J. pudo al fin respirar tranquilo y con las manos, ahora bien limpias, ajustaba su cara corbata de seda italiana. Se miró al espejo con auras de prepotencia, repitiéndose a sí mismo algunas frases de su discurso, y es que su tarea de hoy era convencer a la mayoría de los asistentes de la efectividad del nuevo protocolo de actuación emitido por el Ministerio de Sanidad. Sería otro día difícil en el Parlamento.
Texto y foto: Carlos Romero





