El mundo se fue de pronto
y él vio una verdad helada
que le hirió como una estrella.
El silencio se hizo diáfano,
y su corazón de arena
le enseñó una puerta oscura
con una palabra escrita,
tan clara como su nombre,
tan cierta que le dolía,
abrupta como el destino
de embudo ciego y ceniza:
La leyó inefablemente
con los ojos muy abiertos,
el alma puesta de pie,
y los sentidos pendientes
de la última memoria.
Archivo de 6/10/09






