El término “república bananera” tiene un sentido peyorativo, que principalmente se utiliza para describir gobiernos –casi siempre alejados de nuestra zona geográfica– que se caracterizan por ser corruptos o por estar sometidos a otros Estados más ricos o poderosos.
La república bananera tiene una democracia aparente, repleta de connotaciones folclóricas porque sus pilares fundamentales, sus instituciones, poderes y cuerpos se encuentran mezclados de tal manera que hace imposible encontrar sus muros de separación. Por tanto, no hablamos de dictaduras sino de países que tienen vestiduras democráticas, muy elegantes, pero falsas o falseadas. Poseen constituciones, diferentes instituciones y su famosa división de poderes y procesos electorales pero el ciudadano se encuentra marginado.




A tenor de las nuevas proposiciones que garantizan la eficiencia de una aplicación con un relanzamiento específico de todos los sectores implicados de los factores itinerantes y relativistas hacen que me sienta regodeado y fuera de ser considerado parte de matracalada circundante. Sin ánimo de confutación, algo elato humildemente he de sentirme por la oferta que enviome el Sr. Alcalde por mano de un pompático propio de la Casa Consistorial.
El día era propicio para la melancolía otoñal. Nubarrones grises y negros se entremezclaban en lo alto. De vez en cuando caía una lluvia perezosa y lánguida. Quería escribir algo pero me debatía en los interminables monólogos interiores; me venían –y se iban– mil cosas a la vez. Sentía una rara desazón. Recordaba esas conversaciones consigo mismo del personaje del Ulises de Joyce, 




