
En El Puerto, con una cerveza, en un bar (1)
21 septiembre 2009
De nuevo, como en muchos otros momentos de interior concentrado, me asomo a la vieja costumbre de las servilletas confidentes, con el tantas veces reiterado fin de encarrilar en la congruencia de un collar consecuente y preciso, todos los nombres, o vientos, o campanas, que arrastran sin pausa mis nociones diarias de emoción.
No me envuelve el humo concentrado de los muros contenidos, sino el verde apagado de la noche cercana, en un desfile heterogéneo de palmeras antiguas, que me conceden un cierto matiz de juventud rememorada, como un cofre de pasado casi próximo en su distancia, tan palpable que parece entresacado de las sombras o traído desde el barro vital de la memoria más auténtica. Y aunque pueda sonar nimio, o tal vez a sentencia desgastada, sólo me recorre el cuerpo esa frase mil veces repetida mucho antes de que esta sensación se arremolinara en mi interior: Parece que fue ayer.
Pero, desde luego, no fue ayer. Fue cuando el almanaque se ensoñaba lento hacia un montón de números de indefinidos cauces, fue cuando los músculos se erguían en el desafío inconsciente de su niñez prolongada. Fue cuando yo aún casi no había aprendido a esperar. Fue cuando la muerte no era más que el fin de algún escalón deforme, de alguna idea irregular, o de algún destino caprichoso borrado y olvidado en un instante, pero no esa presencia cada vez más audaz y más firme que ahora me sorprende.
¡Qué lejos y qué cerca! Me parece que fue ayer, pero no fue ayer…
Fue entonces cuando llegué, cuando cerré tres cuartos de mi adolescencia, cuando irrumpí ingenua y asombrada, un pasito más allá de la veintena, en esta ciudad, nueva para mí en una soledad desconocida y expectante, sin rostros, sin puertas ni timbres, como un ovillo de calles por descubrir, un entresijo de voces que enumerar en listas oportunas, cien ráfagas de espuma por contemplar y referir en cien lienzos en blanco. Llegué con un diario sin apuntes, unos ojos ávidos de luz, y una ingenuidad sin recoger.
Y me resulta tan curiosamente vívida esta impresión, que me noto sentada en otra fecha, aunque en la misma silla de hoy, y me creo realmente que por un instante, he vuelto al Septiembre en que empecé a nacer. Y entonces guardo con celo inusitado mi inocencia renovada.
Virginia Cobos





