De nuevo, como en muchos otros momentos de interior concentrado, me asomo a la vieja costumbre de las servilletas confidentes, con el tantas veces reiterado fin de encarrilar en la congruencia de un collar consecuente y preciso, todos los nombres, o vientos, o campanas, que arrastran sin pausa mis nociones diarias de emoción.
No me envuelve el humo concentrado de los muros contenidos, sino el verde apagado de la noche cercana, en un desfile heterogéneo de palmeras antiguas, que me conceden un cierto matiz de juventud rememorada, como un cofre de pasado casi próximo en su distancia, tan palpable que parece entresacado de las sombras o traído desde el barro vital de la memoria más auténtica. Y aunque pueda sonar nimio, o tal vez a sentencia desgastada, sólo me recorre el cuerpo esa frase mil veces repetida mucho antes de que esta sensación se arremolinara en mi interior: Parece que fue ayer.






