
“All inclusive”
4 Septiembre 2009
Aquella mañana algo comenzaba diferente, y es que en mis retinas aún permanecían grabados aquellos fotogramas en blanco y negro de un ceniciento poblado llamado M. y su colorida gente. Pero lo que más me impactó fue esa sonrisa con la que afrontaban el día a día a pesar de que se hallaban anclados en el tiempo e inmersos en una obsoleta espera colmada de oxidadas perspectivas.
Agaché la mirada comprobando que no quedaba ni una sola miguita de pan en mi gran desayuno “All inclusive”, y en el fondo del plato, con el cuchillo, pude dibujar con los restos de jugo de mango, la mirada infinita de aquellos infantiles y enormes ojos sonrientes, tamaño en desacorde con el resto de su flaco cuerpecillo, que parecía flotar entre mis brazos.
Me sequé la boca con la mano, pues comenzaba a ver el papel como algo escaso e innecesario en ese momento, y mientras las voces se perdían como humo en el horizonte de mis pensamientos, me preguntaba a mí mismo si nacer en un lado o en otro del mundo era sólo cuestión de matemáticas.
Mi desayuno “Todo incluido” hacía tiempo que había finalizado, y mientras agarraba tu mano, pensaba en que al otro lado de la cristalera desconocían el verdadero significado de aquellas dos palabras. ¿Cómo podía yo explicarle a aquel niño de seis años que con una pulserita de plástico podría comer todo lo que quisiera?
El tiempo pasará, mi pregunta se esfumará en el olvido y mientras trato egoístamente de olvidar algunas cosas que vi, mi mirada va torciéndose hacia un nuevo camino, en un nuevo y diferente país, con un nuevo desayuno, que seguramente, volverá a ser “Todo incluido”.
Foto y texto por Carlos Romero.





