
Aquella mañana algo comenzaba diferente, y es que en mis retinas aún permanecían grabados aquellos fotogramas en blanco y negro de un ceniciento poblado llamado M. y su colorida gente. Pero lo que más me impactó fue esa sonrisa con la que afrontaban el día a día a pesar de que se hallaban anclados en el tiempo e inmersos en una obsoleta espera colmada de oxidadas perspectivas.






