
Portuenses en La Habana
30 agosto 2009(Nuestro colaborador Carlos Romero y su novia, han pasado unos días de vacaciones en la hermosa capital cubana, al otro lado del charco, en La Habana. Allí tuvieron la suerte de disponer de un cicerone de excepción, el Dr. Lázaro Blanco, que les acompañó durante bastantes horas y les mostró muchas de las bellezas de su ciudad, y no sólo eso, el prof. Blanco nos ha enviado un magnífico y extenso relato de cómo fue el día de los dos portuenses en La Habana -la perla del Caribe- y que con gran placer publicamos en “Nuestro Mirador”.)
Dos andaluces en La Habana
(El viaje que se perdió Don Cristóbal Colón)
por Lázaro J. Blanco Encinosa
- ¡Qué calor hace en La Habana en agosto!
- ¿Y por qué habrá tanta gente y tantos negros?
- ¿Y por qué los blancos son tan prietos?
- Y si del Vedado a la Habana Vieja no hay más que seis kilómetros, ¿por qué nos pasamos un día entero y no pudimos llegar?
- ¿De dónde sacan tantos coches americanos viejos?
- ¿Por qué el Vedado se llama Vedado si no hay nada vedado, excepto quizás hacer pipí en la calle?
Esas preguntas y quizás otras podían haberse hecho dos turistas españoles, muchachos jóvenes, profesionales, andaluces una y otro; que comenzaban su viaje por Cuba en el habanero barrio del Vedado, alojados en el hotel Presidente.
Llegaron desde hacía poco tiempo. Remedaron el viaje del Gran Almirante, desde el Puerto de Santa María, pero en un Airbus. Probablemente a Colón le gustaría reencarnar en un turista y aparecerse por Cuba, según él “la tierra más hermosa que ojos humanos han visto”. Pero en este viaje no vino. Se lo perdió.
Estarían allí poco tiempo, pues en dos días saldrían hacia Varadero (¿y en Varadero, qué se vara? Curioso eso de los nombres), una playa que hizo famosa DuPont, el conocido millonario americano-francés, fundador de una gran empresa química, inventora, entre otras cosas del nylon, y cuya mansión de tejas verdes hoy es el hotel Las Américas y centro del Club de Golf de Varadero. Esa playa es un polo importante del turismo en el país, conjuntamente con La Habana y algunos cayos circundantes de la isla grande que todos llamamos Cuba; y está a 150 kms. al oeste de La Habana aproximadamente.
¿Qué se puede ver en dos días en La Habana? Debieron preguntarse ambos muchachos, conocedores que el tiempo debe emplearse bien, pues sólo nos han dado 24 horas al día y no sabemos cuántos días nos han dado.
Una opción era usar la excelente guía turística que traían, hecha por viajeros experimentados, y en nada relacionados con las autoridades turísticas de Cuba.
Si admitían ser guiados por esa guía, irían a la Habana Vieja, primer barrio construido en La Habana, cuando se fundó hace casi 500 años. La leyenda dice que los conquistadores, que aquí no conquistaron nada, pero que colonizaron y construyeron mucho, venían fundando villas desde oriente a occidente. Se ubicaron al sur de la actual provincia habanera, en las márgenes del río Mayabeque, pero duraron poco allí, pues no era un lugar agradable: mosquitos, moscas, tábanos, jejenes y otros insectos comedores de carne humana los hicieron salir “echando un pié” (expresión popular de los primeros años del siglo XX en Cuba, y que significaba “correr”, pero también “bailar”) o “quemando el tenis”, expresión más contemporánea y más deportiva. Terminaron la fuga en las márgenes de una bahía norteña con una pequeña boca de entrada y que después se abría como una mano, prometedora de protección para carabelas, galeones y bajeles de todo tipo.
Allí, bajo la cobija de una gran ceiba, se celebró la primera misa. Hoy, a casi cinco siglos de esa hazaña, los habaneros nos acercamos a la ceiba descendiente de aquel acogedor árbol primigenio, el día en que asumimos la fundación de la villa, damos tres vueltas alrededor de la misma, la tocamos con respeto, y pedimos un deseo (que a veces se cumple y a veces no, como todos los deseos).
Y a la vera de esa ceiba, se creó La Habana (¡Oh, La Habana, oh La Habana!, dice una conocida rumba). El primer barrio es el que hoy se conoce como la Habana Vieja, y es patrimonio de la humanidad, por sus viejas construcciones, que incluyen el sistema de fortalezas que la rodea, como el Morro y La Cabaña.
Y La Habana creció hacia el oeste y hacia el sur, pues al norte quedaba el mar limitador. Algunos habitantes saltaron la bahía y fundaron al este los pueblos de Regla y Guanabacoa (palabra india).
En esa época dura de piratas, corsarios, bucaneros y otros delincuentes marinos, se hacía necesario proteger a La Habana. Se decidió, entre otras medidas, no talar el bosque que crecía al oeste-suroeste de la ciudad, y que pertenecía a los Condes de Pozos Dulces (ya el lector se habrá dado cuenta que los condes recibieron el título porque en esos bosques existían manantiales de donde se nutrían los pobladores de la naciente villa, del preciado H2O). Tampoco se podía criar ganado o vivir. Ese bosque vedado se mantuvo así, virgen y protegido, hasta que el crecimiento de la ciudad aconsejó rellenarlo (eran terrenos cenagosos), parcelarlo y habilitarlo para extender la ciudad. Se le compró al entonces propietario, un conde que además era economista y publicista famoso en su época.
En ese entonces estábamos en 1858, a diez años de que se comenzara la primera guerra de los cubanos contra España.
Se le dio la encomienda a un gran ingeniero urbanista español, Luis Iboleón Bosque, quién concibió sus calles y avenidas tal y como las vemos ahora: cuadriculadas, con unas calles perpendiculares al mar, para permitir la entrada de las brisas marinas en las noches.
Su urbanización fue lenta, y no fue hasta la primera guerra mundial en que se aceleró, debido a los altos precios del azúcar. Se construyeron mansiones y casonas muy elegantes y bellas, que en su mayoría se conservan. Se propició la siembra de árboles con una gran visión ecologísta muy actual. El ingeniero Iboleón, demostró ser un león de la urbanización.
En los años 20 se construyeron comercios, teatros (el famoso Auditórium, por los que pasaron Kleiber, Toscanini y otras celebridades data de esa época), estadios, cinematógrafos, hospitales y hoteles. Uno de ellos fue el Presidente, donde en el 2009 nuestros andaluces se alojaron. Es un edificio rojo, a menos de 100 mts. del mar, con diez o doce pisos de altura. Fue en su época el edificio más alto del Caribe. Lo inauguró el dictador de turno (¿Por qué Cuba, tan pequeña, produce tantos dictadores?, pudiera ser otra pregunta de nuestros muchachos), Gerardo Machado, quién abrió su puerta principal con una llave de oro (¿A dónde habrá ido a parar esa llavecita?, otra pregunta más). En el mismo barrio, pero al este y sobre una colina, en los años treintas, se inauguró otro fastuoso hotel, el preferido del que esto escribe, el Hotel Nacional, del cual se hablará más adelante.
Y allí, en ese hotel casi centenario nuestra pareja andaluza se disponían a trasladarse hacia la Habana Vieja, como mandan las ilustres guías turísticas. Pero en eso… se atravesó un cubano.
Y el cubano los montó en un viejo Fiat 125, de 35 años de edad (¿Por qué en Cuba todo es viejo, los coches, la ciudad, los gobernantes?, es otra posible pregunta), que rengueando, pero muy dispuesto y digno, los trasladó hacia otros lugares que no eran la Habana Vieja.
Comenzaron por la Universidad de La Habana. Fundada por los frailes dominicos hace más de 280 años, y precisamente en la Habana Vieja, hoy preside, desde una colina hermosa, todo el barrio del Vedado. Allí la construyeron en los años veinte del pasado siglo en los terrenos de la antigua armería del ejército español. Tiene un campus hermoso, con edificios de estilo griego, y laureles centenarios y se accede a ella por una escalinata enorme y acogedora, culminada por la estatua del Alma Mater, símbolo de la universidad en todo el mundo (se cuenta que el escultor tomó como modelo para la cara de la estatua, a su hija, una quinceañera angelical y muy bella y para el cuerpo, a su amante, una mulata abundante. Si se mira bien la estatua no hay nada que contradiga a esa leyenda).
Pero nuestros andaluces no pudieron entrar, no pudieron ver la universidad: se interpuso un guardia, sirviente de los burócratas, burrócratas y asnócratas que dirigen Cuba y dijo una palabra mágica y despiadada: ¡No! De nada valió que el cubanito cicerone esgrimiera su estirpe de más de treinta años de profesor en esos gloriosos muros. ¡No, no y no!
Y no entraron. Ante la fuerza, a corto plazo nunca triunfa la razón. Con el tiempo sí, pero nuestros héroes no lo tenían. Debían llegar en el transcurso del día a la Habana Vieja.
Y se fueron caminando por la calle L, ilustre arteria del Vedado, que al cruzarse con la calle 23, forman la esquina más famosa de Cuba: L y 23, la esquina de la movida, de la “onda”, donde en se puede encontrar de todo: estudiantes, taxistas, cinéfilos, comerciantes, prostitutas (las famosas “jineteras”), prostitutos (en cualquier sentido: a favor y en contra del tránsito), homos, narcotraficantes, vendedores de viagra, emos, etc.
En esa esquina confluyen el cine Yara (que en sus inicios fue un Warner, construido por la famosa compañía para estrenar sus películas en Cuba), el hotel Habana Libre (antiguo Hilton, utilizado por Fidel Castro como comandancia general al llegar a La Habana en 1959. No era nada bobo), una tienda de discos y souvenirs y la famosa heladería Coppelia, donde hacen todo lo posible hoy por perder la bien ganada fama de vendedora de helados de calidad y sabrosos.
Si nuestros amigos hubieran seguido tanto por L, como por 23, irían a parar al mar, pues debido a una curva del litoral, por ambas vías se llega al acuoso.
Pero no tenían interés de llegar a algo que conocen muy bien: querían comprar algo de artesanías cubanas, y así pararon en una feria a menos de cien metros del Yara. Allí se metieron entre el público, aguantando con sana previsión sus carteras y mochilas y caminaron entre los puestos y tarimas de venta. Allí, un cubanito negro como el carbón, vestido de blanco como el armiño, y aderezado de collares de colores (un “iyabó”, novicio de la regla de Ocha o santería, religión afrocubana de la que se hablará después), les ofreció venderles pulsos y pendientes de carey, algo penado por la ley.
Exactamente enfrente, está la televisión cubana, construida en los cincuenta, y en su época la más avanzada del mundo, fuera de EE. UU. A unos metros de la feria del pueblo, cruzando 23, está la feria del estado, Arte en la Rampa. Pero allí llegarían después de comer (¿o almorzar?, otra preguntita, en este caso del cubano acompañante. Sí, porque los españoles comen, pero los cubanos almuerzan a la misma hora, y comen a la hora en que los españoles cenan, lo que ha sido motivo de muchas confusiones de ambas partes).
En su camino hacia el yantar, se dejaron caer en el hotel Nacional (esta rima fue casual). Como se dijo arriba, fue un hotel que se construyó en los años 30s. Está en una colina que en su época fue importante para la defensa de La Habana, de cuya función dan fe los pesados cañones que todavía se conservan en los jardines del hotel. Es una construcción imposible de hacer hoy en día, por el costo y por el arte. Participaron en su elaboración artistas de épocas pasadas: albañiles y alarifes de Cuba y el mundo. Da una imagen de cubanía y a la vez de humanidad. Desde sus jardines se puede ver parte de La Habana, sobre todo aquella sección de la gran avenida que la circunda, paralelamente al mar y que todos llaman Malecón. Se puede ver también la imagen de tarjeta postal que brinda la fortaleza del Morro y su faro (por esa fortaleza entraron los ingleses cuando tomaron La Habana), a la entrada de la bahía, distante unos 4 kilómetros. Si hubieran tenido un poco más de tiempo en su peregrinar hacia la Habana Vieja, nuestros esforzados turistas hubieran podido sentarse en los portales del jardín del hotel a disfrutar del mar azul y de muchos colores y del Malecón (en las noches, los cubanos van al Malecón a enamorar, al fresco de la brisa). Hubieran podido tomar también algunos cocteles cubanos famosos o no, como el mojito, el daiquiri, el ron collins y el mulata; todos hechos con ron y con los invariables ingredientes de limón y azúcar.
Pero no tenían ese tiempo, y sólo decidieron entrar al Bar de la Fama, donde aparecen fotos de todos los famosos que se alojaron en el hotel, entre los cuales estaban varios españoles, como Lola Flores (asidua a Cuba en los 50s), sus crías e Imanol Arias.
Pero el hambre, ese gran problema mundial, atenazaba sus estómagos como dragón en ramadán.
Así que vamos a comer.
¿Y dónde comer? Pues eso no se pregunta: en un paladar. ¿Y eso qué carajo es? (Para seguir con las preguntitas). Pues eso es un restaurant, de propietarios privados. ¿Y por qué carajo se llama así? Pues porque los cubanos tomaron el nombre de una novela brasileña, transmitida en la tele años atrás. Y aunque primero eran clandestinos (en Cuba muchas cosas son prohibidas) después se oficializaron, pero no perdieron el nombrecito.
Y fueron a parar a un paladar que no aparecía en la excelente guía (el cubanito cicerone parecía especializarse en conocer lugares no considerados en las guías turísticas).
Por supuesto, comieron platos típicos, como el congrí (arroz con frijoles negros, cocinados unidos), filete de aguja, aguacates reales, plátanos verdes “a puñetazos” y “mariquitas” de plátanos, jugos de mangos y guayabas naturales, etc. No estuvo mal.
De ahí regresaron a la feria del estado. Había cds, artesanías, cuadros, etc. El amigo andaluz quiso comprase una camisa cubana, pero no había probador y no quiso arriesgarse a pagar por ella sin conocer si le iba bien.
Salieron de la feria después de sudar mucho, y enrumbaron hacia la Habana Vieja, destino final del viaje que había comenzado en el Vedado a las 9 am (seguían en el Vedado, habían recorrido dos kilómetros desde el origen y ya era las 2 pm: cinco horas).
El fiel Fiat despegó y se impulsó por la calle San Lázaro (la coincidencia con el autor de esta breve crónica es pura casualidad), pero seguían los obstáculos que no permitían que nuestros jóvenes turistas llegasen a su destino final: en medio de la calle, y después de recorrer un kilómetro, el orisha Eleggua torció sus caminos y fueron a parar al Callejón de Hammel. ¿Qué es eso, Dios mío? ¿A dónde nos has traío? ¡Ojú! (Estas preguntas fueron reales).
El Callejón de Hammel, es una calle muy estrecha, de apenas 200 metros, que recibió su nombre de un alemán que vivió allí en el siglo XIX, y que adquirió notoriedad en los 40s cuando en una de sus humildes casas un grupo de muchachos comenzó a hacer un tipo nuevo de canción cubana, muy influido por el blues y la balada norteamericana. Ellos llamaron a esa canción “filin”, pues se referían a su modo de cantar, como “cantar con feeling”. De ahí salieron canciones muy famosas luego, como “Contigo en la distancia”, que se ha oído mucho en la voz de Cristina Aguilera y de Luis Miguel y compositores muy conocidos, como César Portillo de la Luz y José Antonio Méndez.
En el Callejón viven personas muy pobres, todos de piel negra, y muy orgullosos de su cultura de origen africano. En los años noventa uno de ellos (por cierto, un mulato casi blanco), pintor de caballete, decide convertir los doscientos metros de calle, fea y pobre, en algo así como la Capilla Sixtina del arte afrocubano, y comienza a pintar en las paredes motivos religiosos característicos de esos grupos. Es un trabajo que todavía no ha concluido, pero que ya tiene sus frutos: hay casi cien metros donde se pueden ver motivos alegóricos a la regla de Ocha, la regla Palomonte, la regla Kimbisa y la sociedad secreta Abakuá, religiones todas de origen africano. El pintor, de nombre Salvador González, ha utilizado además un sin fin de objetos comunes desechados por sus dueños: bañeras, cajas registradoras, bicicletas, etc. En el Callejón tiene su estudio y todos los días añade algo a las viejas paredes que renacen bajo sus pinceles.
Al entrar al Callejón te recibe una imagen de Eleggua, el dios de las dos caras, el dueño de los caminos y las encrucijadas, aquel que puede torcer tu destino o enderezarlo, acorde a las atenciones que tengas con él. Al avanzar en el callejoncito, encuentras una tienda de yerbas medicinales y religiosas, Ilé Osain, o la Casa de Osain, el dios de las yerbas medicinales, y por extensión de la química, donde se puede obtener yerbas para todo, desde el dolor de barriga hasta el mal de amores. Ambos, Osain y Eleggua, forman parte del panteón de dioses yorubas que se mezclaron con los católicos para producir esa religión que sus practicantes llaman regla de Ocha y los ajenos santería (en Brasil se le llama candomble).
Pero sigues caminando y te encuentras algo que realmente asustó a nuestra andaluza: una nganga. Esto es un gran caldero donde se encuentran todas clases de hierros y palos, sin que falte algún fragmento de hueso humano y tierra de cementerios, y que se utiliza en los ritos de la religión Palomonte, de origen congo. La nganga se usa por los sacerdotes de esa regla (los Tata nganga) para sus trabajos, destinados a lograr los deseos de los que piden algo, ya sea para bien o para mal. Esa nganga primero se concibió como una escultura, pero hoy los habitantes del Callejón dicen que ha adquirido poderes, energía, por lo que a veces puede verse a algún practicante venir a rezarle, a pedirle cosas. Por supuesto, como a todas las ngangas, hay que darle comida para que tenga fuerzas y trabaje, y siempre “come”, entre otras cosas, sangre.
Se encuentran en las paredes de las casas motivos de las religiones mencionadas, y en particular del Abakuá, religión ya la vez sociedad secreta para hombres que hasta lo que se sabe, sólo existe en Cuba.
Se puede comprar música religiosa, obras de arte y si hubiera sido domingo a las doce del día, hasta disfrutar un concierto de rumba, pero de verdad, sin adulteraciones.
Destaca en el Callejón la columna de Changó, dios del trueno y la virilidad masculina, cuyos colores sacros, el rojo y el blanco, identifican un gran tuvo de un metro de diámetro por cuatro o cinco de alto, ilustrada con motivos alegóricos del orisha.
Pero había que irse. No cumplíamos aún el objetivo de llegar a la Habana Vieja, y todavía necesitaban pasar por el Barrio Chino, otra propuesta del cubano cicerone. Y el tiempo era cada vez menos.
El cubano fue sincero. Les aclaró que el Barrio Chino de La Habana ya no era lo que era. Después de 1959 se detuvo la inmigración china, como se interrumpieron las demás inmigraciones: desde entonces ya no venían a Cuba españoles, italianos, haitianos, judíos, japoneses ni de ninguna otra nacionalidad que anteriormente querían vivir en Cuba. Se invirtió el flujo migratorio y los cubanos comenzaron a “irse”. Pero esa sería otra historia, quizás mucho más conocida.
El caso es que la comunidad china, dejó de alimentarse con nuevos miembros provenientes del gigante asiático. Los chinos en Cuba, fundamentalmente varones, se mezclaron sobre todo con los negros, pero también con los blancos. Su cultura se fue fundiendo en ese crisol que es la cultura cubana y su aporte genético contribuyó a hermosos tipos humanos mestizos, más claros o más oscuros, pero de ojos achinados (la esposa del autor de esta breve crónica de viaje es un ejemplo de ello).
Y al difuminarse esa cultura, se perdió el barrio chino: las sociedades de ayuda mutua languidecieron, los fumaderos de opio desaparecieron, se fue el Tai Chi y el Kung fu. Malamente quedó el arroz frito. Esa situación se acentuó con las contradicciones entre los camaradas Mao y Fidel, agravadas por la invasión china a Viet nam y su consiguiente guerrita, el apoyo a Cambodia y su régimen genocida y el acercamiento de Cuba a la URSS.
Pero todo tiene un final, y ese alejamiento duró hasta la caída de la Unión Soviética, y entonces el gobierno cubano se acercó a los chinos. Y una de las consecuencias fue la revitalización un poco artificial, es verdad, del Barrio Chino.
Pero un barrio, una cultura, aunque puede ser destruida por un gobierno, no puede ser creada de la misma forma. Hoy el Barrio chino de La Habana pugna por renacer, y habrá que ver si esto es posible. Su parte más turística son cincuenta metros de un callejón con restaurantes pseudo chinos a un lado y al otro. Algo escuálido.
Por esto, la pequeña comitiva español-cubana duró poco allí. Se dirigieron de nuevo hacia la Habana Vieja, ahora un poco más cerca. Pero…
De nuevo el cabrón cubano propuso otra cosa. Estaban en el borde de la Habana vieja, en el filo del barrio de Cayo Hueso. Caminaron por la calle Galiano, otrora la calle comercial de lujo de La Habana (Antes de 1959, lógicamente). Pasaron por delante del parque que hicieron cuando se quemó El Encanto, la tienda de lujo donde Ramón Areces como simple mozo, aprendió el negocio de la venta de ropas e hizo los ahorros que le permitieron fundar el Corte Inglés (¿Han oído hablar del Corte Inglés? Pregunta tonta que no la hace ningún cubano) en el centro de Madrid. Y llegaron a la Casa de la Música de La Habana, discoteca donde se baila salsa.
De ahí regresaron en busca del coche, con las intenciones renovadas, ahora sí, de llegar a la Habana Vieja.
Pero el sol y el calor eran muy fuertes. Estaban deshidratados. El cubano propuso tomar algo frío en un lugar cercano, la tienda Arte Habana (anteriormente J. Vallés, nombre de su antiguo propietario catalán), en la calle de San Rafael, que entre otras virtudes, tiene un aire acondicionado muy fuerte.
Se desviaron algunas cuadras y entraron en la tienda, un lugar bonito, donde se puede comprar desde un par de zapatos de diseñador hasta una litografía numerada.
Allí otro obstáculo los esperaba: al entrar había un concierto de un cantante cubano con nombre de torero, Pedro Romero, por sus quince años de vida artística. El cubano cicerone lo conocía, al igual que a otros asistentes al concierto. Se formó el cubaneo: saludos, abrazos, presentaciones. Y Pedrito cantando y cantando. Encontramos una silla para la andaluza. Nos tomamos algo frío.
Cuando el concierto terminó, el muchacho andaluz, con toda la lógica de la informática, lógica que no se encuentra mucho en Cuba, pues como se sabe, “Cuba es la isla que empieza donde termina la lógica”, como expresó Vargas Llosa; dijo:
—Tenemos que regresar al hotel. Ya no queda tiempo, y a las 8 de la noche debemos que estar listos para ir al cabaret Parisién.
Y así tuvimos que enfrentar el regreso.
El coche estaba un poco lejos, así que caminamos por algunas callejuelas que muestran esa destrucción tan surrealista de La Habana (Es como una gran dama vieja, que aún se viste con la moda de su juventud, pero con ropas decrépitas, sucias y ajadas). Pasamos por detrás del gran edificio del Capitolio Nacional (réplica casi exacta del de Washington), construido también por el dictador Machado en los años veinte (en realidad algún día los historiadores honestos tendrán que dar fe de que la “dictadura” de Machado en Cuba fue una “dictablanda”), y donde un entonces futuro general de la República española, Enrique Líster, trabajó como albañil.
Algunas personas practicaban Tai Chí en los jardines del Capitolio, como una muestra del regreso de la cultura china.
Pasamos por los portales de la tienda Sears Roebuck and Co., ahora un club de informática. Cuando nos acercamos al vetusto Fiat, quizás el menos cansado de la comitiva, este sacudió la colita, alegre de vernos. Y fiel, como siempre, arrancó al punto, y se dispuso a trasladarnos al hotel. Seguimos la calzada de la Reina y después atravesamos de punta a cabo la avenida de Carlos III, con otro nombre oficial, pero que conserva el que recibió en alguna ocasión, gracias a la obstinación del pueblo.
Entramos por G, flanqueados por los monumentos reales y virtuales de los presidentes cubanos de la época prerrevolucionaria. El imprudente cubano puso el coche en punto muerto, para aprovechar la pendiente, y se deslizaron por obra y gracia de la gravedad, hasta el hotel Presidente, ya no tan presidencial, pero sí todavía acogedor, mientras el mar adoptaba millones de colores, más que un super vga, por el sol que se escondía.
Los gentiles muchachos, que no habían logrado llegar a la Habana Vieja, por culpa del cubano, tenían fuerzas todavía para sonreír y agradecer por el día.
Bueno, técnicamente llegaron, pero sólo a la frontera.
Otra vez será.
La Habana, Agosto de 2009.






Me ha encantado, no sólo formar parte de este maravilloso relato sino también haber tenido la suerte de conocer esta increible ciudad de la mano del que seguro, podría ser el mejor guía de La Habana. Gracias porque a partir de hoy, no sólo quedarán en mis retinas aquellos momentos, sino que también queda escrito.
Me encantaría que este relato tuviese continuación y así yo conocería La Habana vieja. Es una verdadera crónica de viaje. Genial.