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¿Reciclar? Sí, pero, ¿Cómo?

31 julio 2009

contenedoresPor fin parece que el alma colectiva de esta sociedad flotante en las que nos ha tocado en suerte vivir está palpando en el centro de la conciencia la necesidad vehemente del reciclaje, como forma de sacar partido de aquello que en principio parece destinado al desecho y al olvido, la manera de rescatar la energía que sabemos perdida en su estructura original, pero tal vez recuperable en otro cuerpo cualquiera, igualmente útil.

Cada paso que ha ido dando la Humanidad en la senda del conocimiento nos ha apartado más del centro exclusivo del Universo; cada nuevo gramo de aprendizaje sobre nuestro planeta y nuestro entorno ha supuesto, a la vez que una alegría por el sabor del misterio recién resuelto, una grave reflexión sobre la pequeñez de lo que creíamos inmenso o infinito, la triste noticia de que los ríos, quizá, no fluyan siempre, que las olas en los mares, quizá, no se puedan mecer indefinidamente en la marca del mismo horizonte, que los campos y la lluvia, quizá, no se besen de la misma manera, y en definitiva, que todo el sistema creado por el hombre con el fundamento de una Naturaleza imperturbable en formas y cantidades no dure por toda la eternidad.

Todo ello nos empuja a buscar un método de salvación que nos permita seguir existiendo en el mundo al que nos hemos acostumbrado a vivir, y, dado que los recursos son limitados (como conclusión de todo el análisis anterior), ese método no puede ser otro que el reciclaje.

reciclarLos que como yo, a base de darle vueltas y vueltas al tema, hemos llegado a ese mismo punto común, somos plenamente conscientes de cuán importante es tomarse en serio estas cuestiones, y por tanto, apoyamos incondicionalmente toda acción relacionada con el aprovechamiento de recursos. Sin embargo, a pie de calle, nos encontramos con una dificultad añadida: Parece que en lugar de fomentar la acción ciudadana a este respecto, se obliga al sufrido vecino (al menos en El Puerto) a, primero buscar los correspondientes contenedores para los diferentes tipos de desechos, y segundo, emprender el arduo viaje hasta el lejano lugar en que se encuentran. Porque en más de una ocasión, nos vemos forzados a recorrer distancias tales, bolsas en mano, que hasta se nos quitan las ganas de cumplir con el deber que, por lo expuesto anteriormente, nos exige nuestra maltrecha y gastada naturaleza. Y por si esto fuera poco, los susodichos contenedores cada vez son más incómodos y menos oportunos: Sirva de ejemplo los nuevos modelos de contenedores para envases “ligeros” (los amarillos), cuya menuda boca no permite la entrada de la bolsa llena de objetos, todos ellos susceptibles de reciclaje, empujando al de nuevo sufrido ciudadano, a sacar las botellas vacías de suavizante, los exprimidos cartones de leche, y demás botes y latas para introducirlos, uno a uno, en la angosta entrada, como merecida tortura por decidirnos a  seguir los nobles sentimientos que nos impulsan a proteger el entorno.

¿Por qué no se procura que los mencionados contenedores estén proporcional y racionalmente repartidos entre las aglomeraciones de población que así lo requieren? ¿Por qué se eligen los modelos menos congruentes con su finalidad? Si en vez de facilitar la labor del ciudadano, se le ponen trabas, distancias, y obstáculos, de nada sirve tanto atracón de filosofía ecologista.

Virginia Cobos

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