h1

Epidemia de información

22 julio 2009

Hoy me he levantado un poco más cansado, un poco más decaído y estresado.

Y es que anoche me volví a acostar muy tarde, pensando y debatiendo sobre cada uno de los peligros que me acechan en el exterior.

Y cada mañana en el trabajo localizaba un síntoma más en mi cuerpo. Al cansancio inicial, no sé si os lo comenté, le siguió un progresivo dolor de cuello, principios de insomnio, dolores de espalda, una carrasposa tos, un acedo dolor de garganta, una medrosa palidez producida por persistentes mareos. Un continuo y numeroso listado de efectos secundarios que están haciendo de mí, un completo prospecto humano.

Y anoche dijeron que teníamos todos que lavarnos las manos con alcohol de noventa grados pero yo me adelanté y compré el de noventa y ocho, por si acaso. He comenzado a beber cada sorbo de agua mineral en un vaso distinto, previamente esterilizado, me he comprado una mascarilla para ir por víveres al supermercado. Pero cada mañana me levanto un poco más cansado, ya hoy incluso he dejado de ir a trabajar, no me fío si mi coche de empresa, usado por otros, pueda estar infectado. He adquirido todo lo necesario para sobrevivir a este largo invierno: numerosas latas de comida, potentes medicamentos, todo tipo de jabones y diversos elementos de higiene para el pelo y para el cuerpo. Creo que tengo la “gripe A” pero no pienso desvelar mi identidad ni informar de ella a nadie. Seguramente a estas alturas ya esté enfermo todo el barrio.

Ya sólo me queda aguantar aquí a que pase esta epidemia. Estoy preparado, aquí, delante de mi amiga, la única que me informa, la que me advirtió del gran mal que se avecinaba, a ella le debo ser tan previsor. Ya sólo me queda un largo invierno, esperando a que todo pase, encerrado en mi casa, rodeado de comida, delante de mi televisor.

televisor

Texto de Carlos Romero.

Advertisement

2 comentarios

  1. Así acabaremos todos, como esta persona incapaz de reaccionar y con el miedo metío en el cuerpo


  2. Si hiciéramos caso a todas las noticias catastróficas que nos presentan, a todos los detalles morbosos de esos supuestos peligros que siempre andan merodeando (y que probablemente estén ahí, en mayor o menor medida), no podríamos en efecto salir a la calle, ni tomar unas cañas fresquitas, ni siquiera hablar con la gente, por temor a las partículas de aliento que nos pudieran contaminar. Por eso, yo nunca miro en las cocinas de los bares, ni siquiera en las de los restaurantes chinos.



Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.