
Un paseo por la playa
20 julio 2009
Se me ocurrió preguntarle a Horst si le parecía buena idea que fuésemos todos los días a pasear por alguna de nuestras playas; un día a Valdelagrana, otro a la Puntilla… Le dije que sería conveniente ir a hora temprana con el sol aún no muy fuerte. Salir de casa de ocho y media a nueve menos cuarto, para que a las nueve en punto estemos ya caminando por la orilla. Le pareció estupendo y quedamos para comenzar los paseos al día siguiente.
Decidimos ir el primer día hacia la playa más al oeste, a Fuentebravía; aparcamos bien, sin problemas, y bajamos al mar por una escalera muy larga y alta, justo arriba del espigón que separa la playa de Fuentebravía de la reivindicada varias veces —sin mucho éxito—, la del Almirante.
Nada más tocar la arena de la orilla le dije:
—Sabes tan bien como yo, que Marx y Keynes consideraban que en la primera etapa del desarrollo capitalista, el ahorro es fundamental y que el hábito del ahorro japonés fue decisivo para su explosivo desarrollo económico en la segunda mitad del pasado siglo XX, pero también sabes, que ambos economistas, observaron que cuando se llega al momento de madurez capitalista hay que gastar, consumir, porque entonces el ahorro se puede convertir en vicio o lastre social —hice una pequeña pausa—. ¿Por qué te referiste al ahorro japonés, del 30%, como un sistema paciente para salir de la crisis? (Leer artículo anterior: Olga conoce al monje)
—Sí… Recordarás que Keynes habló de lo que se denominó paradoja del ahorro, que decía más o menos, que si un individuo ahorra, se enriquece, pero si lo hace todo el mundo, pues entonces todos se empobrecen —dijo esto con su habitual parsimonia.
—Pero el ahorro japonés es bastante contradictorio con los valores que ellos han puesto en juego para alcanzar su gran éxito económico. Pienso que desde nuestro punto de vista occidental, ellos deberían ahora gastar y consumir más para disfrutar de lo obtenido con su esfuerzo en vez de dedicarse a ahorrar, ¿no?
Mi amigo Horst miraba a la lejanía, a Cádiz. Esa mañana se veía perfectamente como flotando en el mar. Siguió diciéndome:
—Marx y Keynes pensaban que, en las economías capitalistas consolidadas, el exceso de ahorro conduciría a una crisis del sistema caracterizada por una disminución de los ingresos y un creciente desempleo. Karl Marx, probablemente, esperaba con ansia esa crisis, creyendo que llevaría a una revolución de los trabajadores y a la llegada del socialismo que él postulaba como solución. Keynes, al contrario, aspiraba a conservar el capitalismo y defendía la elevación del gasto gubernamental para contrarrestar la caída del consumo privado, posibilitando así el pleno empleo.
Apoyé mi mano en su hombro para intentar quitarme un trocito de concha que
se me había clavado en un pie, mientras le dije:
—Coincidirás conmigo en que la experiencia japonesa parece demostrar que las políticas keynesianas son hasta ahora inútiles. El gobierno japonés ha gastado dinero con prodigalidad, sé que incluso, en un momento dado, ha entregado vales de consumo para los hogares; también ha tratado de gastar dinero reduciendo el interés a cero…
Me interrumpió diciendo:
—Pero el obstinado consumidor del país del sol naciente, ha permanecido impávido, y la única consecuencia de todo ello ha sido que el gobierno ha contraído deudas astronómicas. En Japón se piensa que unos ahorros más elevados no tienen por qué conducir necesariamente a un declive económico, como Keynes y Marx sugirieron, pues existen formas de ahorro que pueden mantener la economía a pleno rendimiento mientras ejercen efectos beneficiosos sobre la sociedad humana en su conjunto.
—¿Cuál será el resultado de todo eso? ¿Crees que el ahorro servirá como solución?
Se adelantó unos pasos y se dio la vuelta quedando plantado mirando hacía mí haciendo unos de sus silencios. Entornó los ojos y dijo:
—¿Sabes que es un koan?
—Algo he oído de eso pero no lo tengo claro —dije, creo que poniendo cara escéptica—. Me parece que es un ejercicio que ponen los maestros Zen a los novicios, ¿es así?
—Un koan se propone como ejercicio para impactar al intelecto y ponerlo en entredicho, o mejor aún, para dejar que el intelecto vea por sí mismo hasta dónde puede llegar y que sepa que existe un ámbito en el que nunca podrá penetrar, por ser como es.
—Dime un koan de esos.
Se agachó, estuvo unos instantes buscando algo entre la arena, cogió una piedra que le pareció apropiada y se irguió otra vez. Miró el guijarro, y, después, con gran fuerza, lo lanzó al mar diciendo:
—“Es la piedra la que sigue al brazo que la arroja lejos”.
Crisol T.





