
¡¡¡Qué vienen las obras!!!
8 julio 2009
De todos es sabido que en verano las obras se convierten en una plaga mucho más molesta, pegajosa, y difícil de erradicar que otras más clásicas como las de mosquitos, cucarachas, o incluso las que conforman esos personajes veraniegos llamados turistas, que si bien invaden nuestro terreno cotidiano como en hordas, privándonos de algún rincón en nuestra terraza favorita, o de los centímetros precisos para pasear con soltura en esas calles que en otras épocas sabemos nuestras, merecen nuestra comprensión y condescendencia, ya que casi sin dudarlo, ese es un papel (el de turista) que todos hemos asumido o vamos a asumir en algún momento de nuestra vida vacacional.
Pero las obras, el ruidoso paisaje manga por hombro que se nos instala nada más empiezan a apretar las calores, esas constituyen una plaga que nada tiene que envidiar a sus homónimas de Egipto. Y es que además la susodicha plaga tiene dos versiones, como la microeconomía y la macroeconomía, a dos niveles distintos pero igualmente insufribles, idénticos en su grado de incomodidad y locura desatada: Por una parte, en uno de los niveles mencionados, nos encontramos el típico y por supuesto detestable destripado de carreteras, calles y avenidas, con su inconfundible estela de polvo, ruido, olores, y sobre todo, confusión y desconcierto entre los perplejos conductores y transeúntes, que se topan de pronto sin comerlo ni beberlo con una anatomía indescifrable de atajos y revueltas, como toscos by-passes de urgencia que ni la sangre es capaz de recorrer con acierto. Mucho se ha dicho ya respecto a esa curiosa presentación que las ciudades (casi todas en general), muestran a sus desconcertados visitantes, justo en los momentos en que más se aglutina la población, tanto la fija como la nómada.
Pero por otra parte, también hay que mencionar las “micro-obras”, las reformas a pequeña escala que algunos ciudadanos deciden emprender al mismo tiempo, como si hubiesen sido empujados hacia un fatídico y circunstancial complot por alguna fuerza intangible e ignota. De ahí que, indefectiblemente, todos los días a las 8:00 en punto de la mañana (no pocas veces antes), haga irrupción en la luz aún tibia del amanecer una insoportable explosión de martillos y mazos contra los vencidos azulejos del baño o la cocina del vecino. Y uno/a, ¡tan inocente!, creyéndose de vacaciones, y tras una noche de barbacoa que se extendió hasta casi apagar las estrellas, se ve sorprendido/a por ese bombardeo inesperado y traidor que te hace saltar de la cama como si hubiera estallado una
guerra de venganzas ocultas contra tu suerte, por estar de vacaciones (suerte que te has ganado trabajando todo el año, sobre todo al escuchar el penoso repique del despertador todas las mañanas, mientras piensas: “¡Ojalá estuviera de vacaciones!”) Mas ahora, que se supone las disfrutas, van y te desgarran el bienestar del sueño con un tumulto de losas reventando al temible ataque de cientos de martillazos que braman como locos, mientras te da la impresión de escuchar, tras los incontenibles golpes, la risita sardónica de quien se regocija con tu sobresaltado despertar, como diciendo: “¡Arribaaaaa, cabroneeeessss, que yo tengo que trabajar y aquí no duerme ni Dios!” Entonces, no sabes si estallar, despotricando, lanzando improperios que se eleven hasta Andrómeda, Sagitario, Cástor y Pólux y todas sus castas, o si encogerte en posición fetal como un niño asustado, y defenderte del injusto ataque, como un pobre inocente apaleado.
No acaba ahí la cosa: lo peor viene después. Sobre las 8:15, una vez machacada toda posibilidad de conciliar descanso alguno, y una vez que el sueño está tan lejos que se te olvida tu sentido de la paz y el amor al prójimo, el estruendo de los martillazos cesa de repente. De nuevo resuena la risita sardónica “¡Ya está, ya no te duermes ni con Lexatín! Basta por hoy que ya no hace falta más ruido” Y en ese momento, se despliega un silencio denso que se sube a tus mejillas como la presión del puchero en la olla. Ya te han convertido la mañana en un desatino de ira (cabreo para los castizos) y malestar que te va a durar todo el día, junto con el dolor de cabeza por la falta de sueño…
Por fin, llega el glorioso día en que parece que el vecino ha concluido su obra, tras una semana en la que se ha venido repitiendo el mismo ritual cruel, día tras día, a las 8:00 horas clavaditas de la mañana, en punto, con una puntualidad que ya quisieran para sí los medios de transporte. Te frotas las manos, ¡gracias a Dios! Pero entonces, como en una inexplicable conjura, en casa del vecino de enfrente, y por supuesto a la misma hora (o antes) y con la misma saña, estalla una nueva escalada de violencia contra el suelo del salón…
Virginia Cobos





