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El Puerto del silencio difícil

20 mayo 2009

Imagen044Llevaba días que le había pedido a mi marido que diésemos un paseo largo por El Puerto a la búsqueda de algún lugar, algún rincón, en el que pudiésemos estar fuera del alcance de aturdidores ruidos, un sitio en el que poder leer mil palabras seguidas de un libro, escuchar algún un pájaro perdido o simplemente complacernos con un exiguo silencio. Larga y Luna estaban imposibles, salimos hacia el Parque Calderón, lo recorrimos entero, desde la Plaza de las Galeras hasta el aparcamiento del final, los coches que pasaban por la Ribera atronaban el aíre, el sol barría todos los bancos.

Subimos por Caldevilla para doblar a la derecha en Albareda y seguir hasta esa glorieta grande que hay frente a la estación de ferrocarril, austera y desabrida. Tomamos la Avenida de la Estación hacía el final de Larga, allá donde la Plaza de los Jazmines. El Paseo de la Victoria habría sido una oportunidad de hallar algún rescoldo de calma pero estaba inhabilitado por obras.

Entramos por la callejuela del digno y discreto arco para coger la calle La RosaImagen047 en su principio, y fueron unos instantes deliciosos, hubo un tramo, cien metros escasos, en los pudimos caminar en compañía del silencio. Fuimos por Espíritu Santo hacia la plaza que está detrás del colegio La Salle Santa Natalia, pensando allí encontrar ese oasis que se nos resistía denodadamente. ¡Cierto! Parecía que habíamos hallado la serenidad reclamada. Hay allí árboles con frondosidad suficiente para regalar una espléndida sombra. Oteamos para ver donde acomodarnos, comencé a sacar del bolso las gafas y el libro que me había llevado por si acaso. Elegido el lugar, nos acercamos con fruición, paladeando el momento…

La decepción fue tremenda, los pétreos bancos, a prueba de los más indómitos vándalos, estaban invadidos de suciedad, cenizas, hojas… y también pintura aún fresca de algún “grafitero” salvaje y madrugador.  No quisimos comentar nada, ¿para qué? Encaramos Zarza, hasta San Juan con nuestro desasosiego interno. Aún llevaba en mis manos las gafas y el libro, como restos de batalla perdida.

Bajamos a Luna; Larga hacia el final, y al pasar a la altura del Convento de las Concepcionistas; pensé en pedir una hora de asilo, último reducto, para disfrutar de la quietud y la serenidad en su hermoso claustro columnado.

Crisol T.

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5 comentarios

  1. Hace tiempo que no escribo comentarios, aunque se me ocurren muchos, debido a mi enfermiza timidez que ya comenté una vez. Pero estoy totalmente de acuerdo con Dña. Crisol. No creo que existan muchas ciudades en este país que sean más ruidosas que El Puerto, incluso ciudades con muchos más habitantes. A veces es horroroso si se queda uno un rato en la calle observando, los coches pasan con la música a todo volumen, los jóvenes gritan de madrugada cuando salen, cantan y les da igual la hora, es una falta de respeto total al descanso ajeno. Bueno ya lo dice todo Dña. Crisol en el artículo que ha escrito. Solamente me resta decir que la frase “Aún llevaba en mis manos las gafas y el libro, como restos de batalla perdida” me parece genial. A ver si entre todos hacemos menos ruido es cuestión de proponérswelo y de no acostumbrarse a él, ya que eso me parece muy peligroso.


  2. el Puerto esta en abandono total.


  3. Lo que falta en el Puerto es más educación y amor propio. Son los portuenses los que se están destruyendo el Puerto. ¡Qué envidia de otras ciudades!


  4. Dña. Crisol y su marido ven el Puerto igual que yo.


  5. Esta dejadez y desidia no se ven en otros pueblos. ¿Por que tenemos que ser más ruidosos y sucios que los demás?



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