Llevaba días que le había pedido a mi marido que diésemos un paseo largo por El Puerto a la búsqueda de algún lugar, algún rincón, en el que pudiésemos estar fuera del alcance de aturdidores ruidos, un sitio en el que poder leer mil palabras seguidas de un libro, escuchar algún un pájaro perdido o simplemente complacernos con un exiguo silencio. Larga y Luna estaban imposibles, salimos hacia el Parque Calderón, lo recorrimos entero, desde la Plaza de las Galeras hasta el aparcamiento del final, los coches que pasaban por la Ribera atronaban el aíre, el sol barría todos los bancos.
Archivo de 20/05/09






