
En torno a la productividad
18 mayo 2009
¡Hola Crisol! —saludó casi con euforia al entrar en casa.
No tuve ni tiempo de devolver el saludo y ya me espetó la primera pregunta:
—¿Viste el papel que te dejé ayer en el buzón de correos?
—Sí. Lo ví y te agradezco que me lo dejaras pues así he podido buscar algunas cifras y otros datos que pueden ser útiles en nuestra conversación. Además la productividad es un asunto muy relevante en la economía.
—¿Es uno de los soportes básicos del sistema económico? —dijo rápida.
La miré haciendo una pequeña pausa como para intrigarla un poco y le contesté con una ambigua interjección:
—¡Pchs…! La productividad es muy básica en lo que respecta a la capacidad de competir en los mercados, pues indica el mejor o peor uso que se hace de los factores de producción. Entonces se integraría en el soporte ‘competencia’ o también, quizás, se podría incluir en la columna ‘motivación’ en el sentido de que impulsar el sistema económico hacia una eficiencia más productiva implica dedicación, disciplina, continuidad de esfuerzos, etc. Para eso se necesita motivación —me acordé de los consejos de mi logopeda y tomé aire hasta el fondo del abdomen—. Así que no la consideraremos un vértice de la economía, sino que la productividad está integrada en otra de las columnas. ¿Vale?
—Esto de la productividad —dijo Olga— es un asunto complicado, ¿no crees?
—Sí, es cierto, aunque dar una definición de productividad es muy sencillo diciendo que: “Es la relación entre una determinada producción alcanzada y los recursos puestos en juego para obtenerla.” Otras veces conviene definirla como la cantidad de producción que se obtiene por cada trabajador o por cada hora trabajada, aunque este tipo de medición da la sensación equívoca de que todo el peso y responsabilidad sobre la productividad recae sobre el trabajador.
Olga me sorprendió con esta nueva pregunta:
—¿Es eso el “productivismo”?
—No, no. Se denomina así, productivismo, a la tendencia de ciertos sectores empresariales y también de los poderes públicos, de querer el crecimiento a toda costa sin tener en cuenta sus posibles efectos secundarios o sea: altos costes sociales en términos de destrucción del paisaje, deterioro de espacios naturales, aberraciones urbanísticas, marginaciones sociales, condiciones sanitarias y condiciones de vida de la población, y también de trabajo y medio ambiente en general.
Olga se va creciendo conforme va penetrando en un tema y me hizo la siguiente
pregunta:
—¿Cómo se mejora la productividad?
—La productividad debe mejorar si se actúa sobre la tecnología, la organización, las relaciones laborales, las condiciones de trabajo, los recursos humanos…
Mi marido entró con sigilo en la habitación, tomó asiento en una silla que inclinó hacía atrás y comenzó un balanceo muy leve, le envíe una mirada no aprobatoria. Olga aprovechó la pausa imprevista para preguntar:
—¿Cómo va la productividad española?
Sin variar la posición de la cabeza, mirando hacia arriba mi marido se me adelantó y contestó él:
—Baja, bastante baja. Cuando la comparamos con otros países vemos que no sólo producimos menos sino que, además, lo hacemos empleando más horas de trabajo. Mira, en Francia, por poner un ejemplo cercano, se trabajan 1.646 horas mientras que en España 1.865, produciendo menos. Además los horarios de fuera de la jornada, las horas extras, que las hacen casi la mitad de los españoles trabajadores, y para colmo la mitad de las mismas no son cobradas por los trabajadores. También hay que señalar que, los periodos vacacionales son cada vez inferiores con respecto a años anteriores. Estos datos los tomé hace unos días del Eurostat, y nos muestran evolución a peor. La productividad española ha crecido la mitad que la del resto de Europa afectando, por lo tanto, muchísimo a la competitividad del país.
¿Qué es lo que hace que nuestra productividad sea tan baja? —preguntó Olga.
Le lancé una mirada a mi marido para que me dejara contestar a mí y dije:
—Creo que la educación es un factor muy relevante en esto. Es necesario un incremento de la educación de calidad siendo esto posible, dedicando mayores recursos económicos a la misma y a la investigación. También el tamaño de las empresas es significativo. Fíjate, según las estadísticas las Pymes españolas son la mitad de productivas que la media del sector. Y la inmensa mayoría, un 98,8% de las empresas españolas son pequeñas, pienso sería muy importante que el andamiaje empresarial estuviera formado por más grandes empresas, las empresas españolas grandes si son muy productivas.
No quiero que se me olvide decir que, los costes burocráticos y administrativos en nuestro país se sitúan en niveles muy superiores a los de países anglosajones y eso perjudica a la productividad. La baja inversión tecnológica, es un factor de gran importancia para un incremento de la productividad y tan solo estamos cerca del 50% de la media de la UE. Y por último la llamada “cuña salarial” es muy grande —mirando a mi marido le pregunté—: ¿aún se dice así?
Olga enseguida preguntó:
—¿Qué es eso de la “cuña salarial”?
Seguí contestando yo:
—Pues es la diferencia entre el coste laboral bruto de un asalariado y lo que éste se lleva líquido a casa, que viene a ser un cifra en torno a un 60% de lo que le cuesta a la empresa.
El balanceo de mi marido apoyado solo en las patas traseras de la silla ya me tenía nerviosa y añadí para terminar:
—Bueno, ya tenemos un esquema bastante detallado de la productividad. Seguiremos hablando otro día.
Crisol T.
(Este artículo se publica simultáneamente en el “blog”: «Venimécum de Economía»)





