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Anécdotas con anécdota

16 febrero 2009

(Nuestra colaboradora Virginia Cobos nos ha enviado el artículo “Las anécdotas de Socorro” dando por supuesto que nuestra otra escritora, Socorro, es la que ella conoce. Hemos de explicar que no son la misma persona, coinciden el nombre -y en el caso de nuestra colaboradora- el pseudónimo y nada más. Pero dado que no se puede desperdiciar un escrito tan estupendo como el que sigue, nos vemos obligados a publicarlo y también a aclarar la curiosa y simpática confusión.)

Las anécdotas de Socorro

aulaCuando al ojear este nuestro mirador me encontré con el apartado que acertadamente se ha dado en titular “Las frases de Socorro”, no pude por menos que montarme en la esa curiosa máquina que denominamos tiempo, y echarme a recordar aquellos buenos ratos que solía compartir con mi compañera y amiga Socorro. Si me preguntaran de pronto, como en los muy famosos tests psicológicos, que es lo primero que me asoma a la cabeza si me mencionan a Socorro, así, repentinamente y sin tiempo para meditarlo, diría sin lugar a dudas, que sus geniales anécdotas. Tendría que referirme con casi absoluta seguridad a aquellas pequeñas historias cotidianas que salpicaban de vez en cuando nuestros días de enseñanza, vividos entonces en común en ese centro de solera, el Instituto Pedro Muñoz Seca,  que estuvimos compartiendo durante tantos años, desde que yo llegué a él con mi padre (que me trajo en su coche), con 22 años, y el firme propósito de repartir entre mis alumnos la porción de conocimientos que se habían puesto a mi humilde custodia, y donde además me encontré a lo largo de los 28 años de profesión que allí ejercí, con muchas almas de esas que te dejan huellas eternamente perfiladas en el reloj constante de tu vida. Muchas almas, sí, y entre ellas Socorro, con su toque mágico de palabras.

Y es que poca gente abre su cesto de historias como Socorro. Con un imprevisto “salero”, que no se espera en absoluto quien no la conoce, sabe impregnar de finísimo y elegante humor cada una de las curiosidades que guarda en su profundo armario de los recuerdos, ese que de improviso, sabe desplegar ante cierto asombro de los que no se acaban de creer que de esa aparente gravedad castellana, puedan surgir anécdotas contadas con tanta simpatía y gracejo. Incluso me atrevería a afirmar que justamente es ese tono serio, ese timbre de voz conscientemente recogido, con su hábil y ameno juego de contrastes, lo que consigue hacer brotar sonrisas a borbotones entre aquellos que tienen la suerte de escucharla, porque su magia está a veces más en la forma que en propio contenido, como en todo buen contador de historias. ¡Cómo no evocar las divertidas sesiones de camilla, que tantas (y alguno que otro) pudimos disfrutar! (Ahora, dicho sea de paso, la camilla se aburre desierta en un rincón, porque este inútil sistema, cargado de ahogo burocrático que a nada conduce, más que a perder el tiempo en rellenar cientos de papeles cuya única función es enterrar los verdaderos problemas, no permite esas pequeñas experiencias convividas, que tanto nos enriquecen como personas y tanto repercuten a la larga en la buena marcha del entramado educativo, pues no hay mejor forma de progresar y al cabo mejorar que el sano intercambio de vivencias).

Sin embargo, a pesar de todo, ahí quedan las anécdotas de Socorro en mi memoria, sin interferencias, sin las polillas de cajones cerrados y sellados por el olvido, como  aquella genial historia de la plancha estropeada o la de alguien de la ESO que entendió el Descubrimiento de América a su modo, y plasmó con toda tranquilidad en un examen, que Cristóbal Colón nació en Argentina, y después, al cabo del tiempo, la descubrió.

Sigue abriendo tus anécdotas de par en par, Socorro. Muchos nos pararemos a escucharlas, tenlo por seguro.

Virginia Cobos

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Un comentario

  1. Me ha gustado recordar al leer este escrito mis viejos tiempos de alumno en el instituto de la Victoria como le llamábamos los alumnos de entonces.



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