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Colisión de carritos

9 Febrero 2009

foto101 Salía por la puerta del mercado que da a la calle Vicario, un poco aturdida de ese trajín que hay allí a horas de las que se llaman  punta, y si no freno a tiempo mi carrito hubiese colisionado con el de una señora que entraba en ese momento. Cuando iba a deshacerme en disculpas reconocí a la afanada conductora del otro carrito que no era otra que mi amiga Lola a la cual hacía bastante tiempo que no veía. Mi amiga es proclive a la risa y la tiene bien fácil con lo que el incipiente accidente se convirtió en una mezcla de risas y de mil preguntas y exclamaciones apiñadas en unos segundos, ¿qué tal? ¿Cómo estás? ¡Qué de tiempo! ¿La familia? ¡Qué alegría!…

Una vez que la calma se hizo, le propuse ir a tomar un café al “Bar Vicente”, Lola no lo dudó y respondió de su particular forma:

─¡Pues…sí!   ─ella hace una larga pausa entre la primera palabra y la afirmación y el diptongo “ue” lo pronuncia como si fuese una “o” larga y un tanto desfigurada.

La estrecha calle Sierpes estaba atiborrada de gente y decidimos atravesar el mercado. Cuando llegaba yo a la otra puerta, mi amiga aún estaba a la mitad del camino, saludaba y se detenía unos instantes con todos los conocidos, su carrito parecía que se atrancaba. La esperé, y enseguida entramos en el bar. Tuvimos una inmensa suerte, en ese momento dejaban libre una mesa junto a una ventana y nos sentamos a toda velocidad.

Fue acomodarnos e inmediatamente empezó a derramar preguntas sobre mí:

─¿Qué escribes? ¿Qué haces? ¿Cómo están tus hijos? ¿Y tu marido? ¿Te acuerdas de…? ¿Cuánto tiempo…?

Mientras encadenaba las preguntas se acompañaba con peculiares gestos, abría sus azules ojos hasta doblar su tamaño o casi los cerraba en un símil de guiño, giraba la cabeza hacia derecha e izquierda y doblaba la cintura hacia la ventana. A todo ello añadía los movimientos propios para encender un cigarrillo. Para intentar pararla un poco le pregunte:

─¿Aún fumas? ─dejó el mechero sobre la mesa e hizo una serie de visajes de los que pude deducir que no, que no había dejado el tabaco, que seguía fumando bastante.

El camarero llegó con los cafés y hubo un brevísimo espacio en blanco y dijo:

─Crisol, leo todo lo que escribes y me divierte todo ─a ella siempre le divierte todo─ ¡Fantástico! Cuando me entero de algo que has escrito dejo todo lo que tengo que hacer y me pongo al ordenador para ver que cuentas. ¡Me encanta! ¡Me encanta! ─exclama y casi da pequeños saltos al expresarse.

Aprovecho que hace una pausa para preguntarle como lleva sus múltiples tareas y dedicaciones y entonces me contesta a su modo críptico. Le llamo modo críptico porque es una forma de hablar como “entre paréntesis”. Por ejemplo; ella tiene la idea de comunicar algo, e imagino que tiene la estructura de lo que va a decir en la mente, pero cuando está en la mitad de lo que está verbalizando se le ocurre una nueva cosa y la intercala en lo que va diciendo, y aquí, si se le viene a la cabeza otra cosa la vuelve a meter en medio con lo cual en unos instantes su interlocutor se puede volver tarumba porque ya no sabe -ni por asomo- por donde iba o cual era la conclusión de lo que Lola quería decir. Si a eso le añado la enorme capacidad de expresión corporal, entonces me quedo alelada, únicamente soy capaz de verla como un hermoso cuadro abstracto que sé que expresa algo, pero que no tengo capacidad para interpretar en modo alguno. Cuando ya estoy definitivamente perdida bajo esa cascada de expresividad me quedo cual estatua pétrea con una sonrisa bailándome en los ojos y como una niña aplicada en el colegio escuchando una explicación de la que no entiende nada.

─… Semana Santa ─ahí me enteré de algo, sólo de las dos palabras: Semana Santa.

Le pregunté para interrumpirla:

─Ya la tenemos ahí, casi está a la vuelta de la esquina.

─Pues… sí ─Miró el reloj ávidamente─ ¡Mira! ¡Qué tarde! ¡Tengo que hacer la comida! ¡He de ir a la Hermandad! ¡Tengo que llamar a…! ¡Debo esperar…!

Se levantó de la silla casi tropezando, bueno… tropezando. Llamó al camarero, me invitó, y salió como si el diablo la persiguiese.

De pie, quedé pensativa, mirando hacia la puerta por la que había salido, me dije que aquí había personas con un toque especial e indefinible, un rasgo que amalgama la alegría, la simpatía, la gracia, el sol, la feria y el vino… El Puerto.

Crisol T.


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