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Un paseo dominical: la manzana de los escritores

3 febrero 2009

Hay domingos en los que es muy placentero un paseo, temprano en la mañana por El Puerto, un paseo sin rumbo, a veces por el sol y a veces por la sombra. Llegar a una esquina y dudar unos instantes, ¿adelante?, ¿Derecha o izquierda? Vagar, en realidad, vagar y fijarse en mil ínfimos detalles que se nos ofrecen a la vista y que durante años hemos ignorado. Repetir ese camino que seguíamos de casa al colegio y por unos instantes sentir esas sensaciones de niña con la maletita en la mano y caminando con un pie en la acera y otro en la calle. Oler a pan de la mañana y a pelo recién peinado, parar para curiosear que había dentro de una ventana abierta, esperar a la amiga que vivía de camino…

placaPerdida la noción de todo lo recorrido me encontré delante de la casa donde nació D. Pedro Muñoz-Seca, paré. Crucé el pavimento e intenté leer la lápida recordatoria. A lo largo de mi vida la habré leído bastantes veces, no sé, diez o quince o algo así, me sigue gustando la frase que la encabeza: “Los pueblos que honran a sus hijos ilustres se honran a sí propios”. Me quedé pensativa. ¡Qué pocos los honrados y cuántos los olvidados! ¿Cómo se mide la magnitud de lo “ilustre”? ¿Quién la mide?… Vagar por las calles a esas horas extrañas de un domingo también hace que nos hagamos raras preguntas.

La piedra de homenaje se puso el 8 de septiembre de 1920, recordé que en algún rincón de la memoria de mi ordenador había una vieja y hermosa fotografía del evento. Mucha gente, banda de música, autoridades -políticos- tirando de la cinta de la cortinilla, niños subidos a una ventana, balcones cargados… medio Puerto de entonces.

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Caminaba al sol de la mañana por Santo Domingo y a la altura de la Fundación Rafael Alberti, en la misma manzana las dos casas, ¡sorprendente! Me reía al pasar por mi cabeza el pensamiento de que en esa manzana había alguna especie de sortilegio o embrujo que de vez en cuando atacaba a alguien y le hacía escribir y escribir… y eso le pasó a D. Pedro y también a D. Rafael. Ahora se diría que fue un virus, el virus de la escritura o algo así.

Mi paseo matinal continuó por la plaza de la iglesia y otras calles, hasta que un poco cansada y acalorada llegué a casa. Mi marido desayunaba tarde y tranquilo repasando el periódico, con la televisión encendida. Le conté una síntesis de todo lo que había sentido y percibido a lo largo de mi paseo, y dijo:

-Me parece que hay algo singular en lo que me cuentas, pues ahora recuerdo una historia que me contaron hace tiempo, probablemente, apócrifa -me dispuse a escuchar con toda mi atención-. Un conocido escritor de Jerez un tanto perezoso y juerguista, cuando se veía angustiado, presionado por su editorial para que mandase algo, se encerraba durante varios días en el Hostal de San Nicolás, también en la misma manzana, y allí emborronaba sus papeles de modo compulsivo hasta que terminaba algo. Él contaba que era el mejor sitio para escribir, que le fluían las palabras con milagrosa velocidad.

-Peculiar e interesante historia -le contesté.

Mi marido me miró con esa rara mirada suya entre socarrona, cínica y burlona y añadió:

-Te ha faltado recordar una cosa.

-¿Qué cosa? ¿Qué cosa?

-Pues que tú habitaste en esa manzana también bastantes años. Quizá también te atacó el mismo bicho.

Se marchó riendo.

Crisol T.

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2 comentarios

  1. Isa Lora es de la misma manzana y parece que tiene también ese “bicho” de escribir. Ella escribe una columna en el “Diario” de cada semana o cada 15 días.


  2. Crisol T. he crecido lejos del Puerto y tu paìs, pero cuando comentas la forma de andar juguetona camino a la escuela, me sentì identificada, y respirè brisa de tu mar e imaginè caminar en la otra acera de la calle de los escritores… allì mismo tambièn absorvì el suave viento silencioso, amoroso y entrañable de mi pequeño pueblo en el corazòn de Nicaragua, muy alejado del mundanal ruido, pero lleno de poetas sin casta, de polìticos sin nombramientos, ni prestigio… recordè almas generosas que en comunidad se aman y animan para soportar el tedio, y esa vida que se escapa en la monotonìa de los dìas sedentarios.



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