
Nada, no hay manera de librarse de los vándalos que siguen haciendo de las suyas en El Puerto y, desgraciadamente, cada vez es más frecuente contemplar todo tipo de porquerías, pintadas y destrozos; igual en edificios públicos como privados, mobiliario urbano, parques, jardines o en cualquier lugar que se preste a ello y por donde las hordas de descerebrados acampen.
Los gamberros siguen dejando sus huellas, de forma especial con leyendas o dibujos que ni ellos entienden. A la hora de elegir el sitio cualquier lugar es bueno y, si es el centro, mejor. Tal es el caso que traemos aquí hoy: la Plaza de Colón.

Tampoco vemos que las autoridades intervengan de manera contundente y clara para evitar las atrocidades que los bárbaros perpetran. Tampoco vemos diligencia a la hora de recomponer los desperfectos causados.
Si seguimos así pronto habrá poco que mostrar de El Puerto a nuestros visitantes.


El término “república bananera” tiene un sentido peyorativo, que principalmente se utiliza para describir gobiernos –casi siempre alejados de nuestra zona geográfica– que se caracterizan por ser corruptos o por estar sometidos a otros Estados más ricos o poderosos.



A tenor de las nuevas proposiciones que garantizan la eficiencia de una aplicación con un relanzamiento específico de todos los sectores implicados de los factores itinerantes y relativistas hacen que me sienta regodeado y fuera de ser considerado parte de matracalada circundante. Sin ánimo de confutación, algo elato humildemente he de sentirme por la oferta que enviome el Sr. Alcalde por mano de un pompático propio de la Casa Consistorial.
El día era propicio para la melancolía otoñal. Nubarrones grises y negros se entremezclaban en lo alto. De vez en cuando caía una lluvia perezosa y lánguida. Quería escribir algo pero me debatía en los interminables monólogos interiores; me venían –y se iban– mil cosas a la vez. Sentía una rara desazón. Recordaba esas conversaciones consigo mismo del personaje del Ulises de Joyce, 




